CRÍSIS

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La crisis es vista como un momento perpetuo de ruptura de marcos que desmantela las certezas y los relatos normativos de nación, soberanía, vínculos sociales y pertenencia. Desde 2008, “crisis” es la palabra de moda de nuestra época, acompañada de muchos adjetivos como «refugiado», «financiero», «económico», «sistémico», «social», «político», «global», «clima» y – más recientemente – «pandemia». ¿Cuál crisis? ¿La crisis de quién? ¿Qué crisis?
Si crisis es la palabra de moda de nuestra época, es estratégicamente importante cuestionar críticamente el término en sí mismo y las formas en que se ha movilizado para describir diferentes fenómenos sociopolíticos.
La adopción de la lógica de la naturalización de la crisis lleva a muchos errores. En cambio, es necesario mirar más allá de esta lógica y desempacar algunas de las condiciones preexistentes que conducen a la crisis en particular. Por ejemplo, la crisis financiera posterior a 2008 no apareció simplemente en el vacío, sino que fue el resultado de estructuras de acumulación capitalista por despojo: en este sentido, la crisis es un factor endémico del buen funcionamiento de un sistema económico neoliberal. Además, la llamada «crisis de los refugiados» de 2015 no solamente comenzó con la aparición de ciertos cuerpos en las costas de Lesbos a las puertas de Europa, este fue el resultado de décadas de guerra, devastación y estancamiento económico en varios países, a menudo alimentados por los recursos e intereses sociopolíticos europeos.
La crisis es vista como un perpetuo momento de ruptura de marcos que desmantela las certezas y los relatos normativos de la nación, la soberanía, los vínculos sociales y la pertenencia de las personas sobre el terreno. El primer y superficial significado de la palabra se refiere a un cambio repentino, una interrupción temporal, de una condición de normalidad. Como tal, el primer desembalaje etimológico del término «crisis» presupone un camino anterior de normalidad que ha sido interrumpido por un cambio o ruptura temporal, tras el cual -imaginamos- volverá la normalidad. Es crítico preguntar: 
  • ¿Existió realmente la normalidad alguna vez? ¿Por qué se considera la normalidad como un valor positivo para nuestras sociedades?
  • ¿Cómo es la «normalidad»? ¿Estamos seguras de que queremos volver allí? Teniendo en cuenta los cambios geopolíticos de los últimos años, ¿es incluso posible (teórica, práctica, afectivamente) volver a la normalidad?
  • ¿Es la crisis endémica de las propias estructuras del capitalismo? ¿Es posible imaginar una forma diferente de ser en nuestros tiempos de capitalismo tardío?
  • Mientras escribimos estas líneas, algunas están volviendo a la «nueva normalidad» después del fin de la pandemia. ¿Cómo sería esta «nueva normalidad»? ¿Cuántos de esos cambios implementados durante el «estado de emergencia» que la pandemia trajo a nuestras vidas permanecerán en la «nueva normalidad»?
La crisis evoca una cierta encarnación del tiempo, ya que el pasado presenta una nostalgia inquietante, el presente está en crisis y el futuro es difícil de imaginar ya que encierra incertidumbres. El único futuro significativo se construye a través de un recuerdo romántico y nostálgico del pasado. En resumen, la crisis rompe el contrato lineal del tiempo que implica futuros de desarrollo y progresión: mirar hacia atrás parece ser el único camino a seguir. El futuro es ahora totalmente incierto. Por todos lados, el sentido de sí mismo, la seguridad y la capacidad de resolver la crisis están siendo cuestionados. En otras palabras, vivir en un estado de crisis significa ser capaz de hacer frente a la incertidumbre y la imprevisibilidad en el día a día. Es precisamente esta noción cotidiana de incertidumbre la que crea un terreno fértil para diferentes y divergentes tropos retóricos. Además, un estado de recuerdo nostálgico da lugar a reacciones profundamente nacionalistas y etnocéntricas, ya que casi todas las formas de construcción de naciones evocan los sentimientos y fantasmas de un pasado glorioso. Históricamente existe una conexión insidiosa entre las sociedades que atraviesan estados de crisis y ciertas tendencias a establecer ideologías fascistas y racistas sobre la superioridad étnica y la supremacía blanca.

Los discursos convencionales a veces asocian la «crisis» con las narraciones religiosas. De acuerdo con esta narración, una supuesta «crisis» había caído sobre nosotras como un desastre natural. Por ejemplo, en el caso de la crisis financiera, este desastre natural toma la forma del castigo por los antiguos pecados de ciertas naciones. En otras palabras, las naciones supuestamente perezosas, corruptas y evasoras de impuestos (como Grecia y España) son vistas como merecedoras del castigo por estos «pecados». Como sostienen Slavoj Žižek (2015) y Costas Douzinas (2013), esta noción de «naciones pecadoras» está muy conectada con los sentimientos de culpa colectiva. Es precisamente la movilización de esta culpa lo que minimiza el potencial de resistencia y las acciones contra la crisis y la austeridad. Después de todo, la crisis es el castigo inevitable por nuestros pecados, un resultado justo basado en nuestras acciones anteriores. La crisis también engendra una condición que debemos soportar pasivamente para llegar a un momento de purificación y salvación. A su vez, el cuerpo social atrapado en esta espiral de pecado y culpa está domesticado, y parece estar esperando al salvador final: en la forma del líder político o primer ministro que conducirá al país atacado a la tierra prometida de la seguridad financiera. Este discurso religioso puede aplicarse a naciones enteras, pero también a grupos minoritarios particulares dentro de los estados-nación. Las supuestas pecadoras son identificadas de acuerdo a las necesidades políticas del momento. Por ejemplo, en el Reino Unido antes del Brexit, las pecadoras eran las que se aprovechaban del estado de bienestar reclamando beneficios; se les consideraba responsables de los recortes de austeridad implementados por el gobierno (Levitas, 2012). Esto creó una división entre las «buenas ciudadanas» -que trabajan y pagan sus impuestos- y las «pecadoras» que están desempleadas y dependen completamente del estado de bienestar (Anderson, 2013). No hace falta decir que se omite toda discusión sobre clase, género, etnia, opresión estructural, desigualdad y explotación. La persona pecadora se convierte entonces en una categoría establecida con sus propias características raciales, culturales, religiosas y estéticas. El ejemplo más obvio en un contexto paneuropeo es el de las personas inmigrantes que son culpadas por «quitarnos nuestros trabajos» y por «aprovecharse del sistema de bienestar».

Mientras el órgano social se mantiene ocupado culpando a las pecadoras o experimentando sentimientos de culpa colectiva, el momento de la crisis se convierte en el terreno perfecto para la aplicación de políticas y reformas que de otro modo las ciudadanas no aceptarían. En estas condiciones, el cuerpo social está preocupado por el «tambaleo emocional y físico» (Klein 2008: 194), se encuentra en un estado de «shock» y, por lo tanto, no es capaz de movilizar una resistencia efectiva.

La etimología de la palabra «crisis» (de la palabra griega κρίση), en una primera lectura superficial, se refiere a un cambio repentino, una interrupción temporal de una condición de normalidad. Pero «crisis» también se refiere al acto crítico de evaluación y pensamiento, que indica un espacio de autorreflexión significativo. Siguiendo esta lógica, la crisis puede ser vista como una oportunidad para redefinir y reformular las estructuras, valores y formaciones sociales que de otra manera parecían incuestionables, fijas e inextricables de las realidades cotidianas. Esta comprensión de la crisis difiere de la lógica oportunista neoliberal de los expertos e inversores financieros que ven en la crisis una oportunidad para aumentar sus beneficios. En cambio, cuando el futuro es incierto y está suspendido, las vías personales y sociales esperadas y normativas parecen más excluidas. Sin embargo, después del luto por la pérdida de las grandes narrativas, se abren nuevos espacios. Es en estos espacios donde el futuro espera junto con las posibilidades de diferentes formas de organización social y acción política. Es también en estos ámbitos donde la función y el uso de la erudición y la educación radical pueden desempeñar un papel importante en la remodelación de las formas de producción de conocimientos y narrativas, la participación de diferentes agentes sociales y la prefiguración de formaciones sociopolíticas alternativas.
DETALLES DEL ARCHIVO

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CRISIS
Tamaño
602 kb
Tiempo de lectura
10 min

Se incluyen estas actividades:

  • La crísis como aparencia (45 min)
  • La lista (2h)

Objetivo: Comprender los discursos visuales y mediatizados de la crisis de los refugiados

Objetivo: La crisis presupone una condición previa y una vuelta a la normalidad. En este ejercicio queremos entender qué es exactamente lo que se considera «normal».

Cread grupos más pequeños para completar los pasos siguientes y luego compartid los hallazgos con la clase.

FILE DETAILS

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CRISIS ACTIVITIES
N° of activities
2
Activity Times
45 min - 2 h